En enero hice una escapada a Israel con mi buen amigo Alberto. Di con un billete de Air Europa por 200€ ida y vuelta, volábamos como dos señores: sin escalas, la ida por la mañana, la vuelta por la tarde. No pillarlo rozaba lo insultante, así que en seguida le llamé y le pareció una magnífica idea. Así es cómo acabamos en Palestina, o Israel o en Tierra Santa, según las fuentes…

A continuación te narro nuestro viaje, donde encontrarás información sobre el conflicto árabe – israelí, los lugares visitados y el patrimonio, amenizado con mi propia cosecha de anécdotas y reflexiones, fotos e ilustraciones hechas con mucho cariño. Si buscas una lectura más rápida, entonces visita mi esquema de 8 días en Israel. Para consejos prácticos (cuándo viajar a Israel, comida, transporte y alojamiento) y friki recomendaciones, pulsa aquí.

Mapa de Israel
Mapa de Israel

DÍA 1. TEL AVIV – HAIFA

Aterrizamos al mediodía en la terminal 3 del aeropuerto internacional Ben Gurion de Tel Aviv, conocido por ser uno de los más seguros del mundo, y temido porque eso supone unos controles de seguridad que nunca sabes lo que te van a demorar.

Ya en la fila para pasar el control de pasaportes nos volvió a asaltar esa duda que arrastrábamos desde hacía tiempo y no habíamos sido capaces de resolver. Un sello de Israel en el pasaporte te veta la entrada a algunos países árabes, e invertir al volver a España otros 30€ en renovar mi recién renovado pasaporte me parecía un incordio. Por lo tanto, ¿cómo podíamos evitar que nos sellaran el pasaporte? Sabíamos que existía la opción, pero desconocíamos el procedimiento. Descartada la posibilidad de preguntar al funcionario aunque fuera con nuestra mejor sonrisa, delante de nosotros había un chico que cumplía los requisitos físicos para ser español. Efectivamente, mi detector de extranjeros de nacionalidad española seguía en buen funcionamiento, así que aproveché a lanzarle nuestra duda capital. El chico español denotó estar mejor informado y nos explicó que ya no sellaban el pasaporte y te daban una tarjeta azul. Con esta valiosa y esperanzadora respuesta nos acercamos ambos al control para hacer frente común.

Nos atendió una mujer que cumplía los estándares de funcionario de fronteras: seca y autómata, con pocas ganas de bromas y con muchas de terminar el día. Le entregué el pasaporte y recé a la tríada de dioses monoteístas que no sospechara de este documento que acababa de estrenar, pues tener las hojas impolutas del pasaporte también puede causar recelos. Nos preguntó si éramos pareja, comprobó que la foto coincidía con la persona que tenía en frente, imprimió una tarjeta y me devolvió el pasaporte igual de vacío que cuando se lo entregué. A continuación el foco alumbró a mi querido amigo Alberto, el cual no tuvo tanta suerte. La funcionaria se interesó por el nombre de su padre y de su abuelo, le retuvo el pasaporte y le pidió sentarse en una zona de seguridad donde había más gente a la espera. Yo, obviamente, le acompañé.

En la sala había una mexicana, vivía en España y viajaba frecuentemente a Israel porque su novio estudiaba aquí. Nos dijo que normalmente tardaban poco en hacer las comprobaciones pertinentes y así fue, a los 15 minutos mi querido amigo Alberto tenía el pasaporte en sus manos; en el caso de la mexicana tan simpática, imagino que a estas alturas habrá entrado ya en el país. Ambos, Alberto y yo, teníamos entre las hojas del pasaporte la “Blue Card” en sustitución a los controvertidos sellos de Israel. Esta tarjeta es tu validación de entrada al país, así que guárdala bien porque no está pegada al pasaporte y es sencillo despistarla, por lo menos para mí que tiendo a perder más que encontrar.

Blue Card sello pasaporte Israel
Blue Card

En un principio pensé que el motivo de la espera serían los sellos de países como Omán o Marruecos que decoran las hojas del pasaporte de Alberto. Pasado el trámite, mi querido amigo me reconoció que su abuelo paterno, periodista y de nombre Obdulio, tenía prohibido pisar Israel, y que podría haber mencionado a su abuelo materno para evitarse problemas. No obstante, sea por los sellos de su pasaporte, por su abuelo periodista o por el parecido del castizo nombre Obdulio con el típico árabe Abdullah (que significa “servidor de Dios”), aún así, el proceso fue más rápido y sencillo de lo que esperábamos.

Control de pasaporte Ben Gurion

Habíamos alquilado un coche con Cal Auto, un Nissan cubierto por un seguro con franquicia, todo por unos 20€ diarios. El empleado de la agencia de alquiler resultó ser un tipo bastante simpático y en poco tiempo teníamos los papeles y las llaves del coche.

Afuera, la ciudad nos recibió vestida de gris y empapada por la lluvia que estaba cayendo. Tardamos poco más de dos horas en llegar a nuestro primer destino, Haifa. A pesar de que está a menos de 100 km y la red de carreteras del país es buena, las ciudades suelen estar bastante congestionadas por el tráfico.

Nos alojamos en Port Inn Guest House, en una habitación doble con baño privado. En la recepción nos atendió una chica un tanto extraña. Durante el rato que estuvo con nosotros no movió un músculo de la cara salvo cuando nos explicó los puntos de interés de la ciudad y se detuvo en los jardines de Haifa, momento en el cual soltó una risita nerviosa imprevista y fuera de contexto mientras nos preguntaba si “no conocíamos los jardines de Haifa”; en seguida respondimos que sí para no ofender a la recepcionista, seguramente una amante de estos jardines que esperaba cierta admiración por nuestra parte nada más pronunciar ella este lugar patrimonio de la UNESCO, y en cambio lo único que encontró fue un aséptico “aha, ok”.

Hostal Haifa, Israel

Subimos a la habitación, consistente en cuatro paredes con una cama y baño de discretas dimensiones, excelente si hubiera sido un precio ajustado a la realidad. Precisamente este hecho fue una de las primeras cosas que me sorprendió al organizar el viaje a Israel: el desajuste en la relación calidad – precio de los hostales, hoteles y casas de huéspedes, los cuales son caros en comparación a lo que se ofrece.

Fuimos a cenar a la avenida de Ben Gurion, recomendada por la recepcionista extraña. En esta avenida hay varios restaurantes y además, tienes de frente los jardines de Haifa iluminados. Cenamos un par de platos de sabor y cantidad excelentes, y comprobamos que la oferta hotelera no es lo único caro de Israel, también lo es su gastronomía. Es más, desde hace relativamente poco el servicio espera un mínimo del 10% en propina. Todo ello nos llevó a la conclusión de que el país es más caro de lo que pensábamos, y pronto nos daríamos cuenta de que incluso más que España.

La comida israelí es básicamente mediterránea, gustan de la tríada aceite, ajo y cebolla para aderezar sus verduras y legumbres. Yo por mi parte tengo una batalla campal con el ajo y la cebolla, pero conseguí hacerle frente pidiendo platos donde estos ingredientes estuvieran camuflados. Además, amo el hummus y la berenjena lo que la recepcionista extraña los jardines de Haifa, así que aproveché a atiborrarme de estos platos.

Con el estómago lleno de una maravillosa cena, nos tomamos una cerveza en After Dark, un bar cerca del alojamiento. Aquí planificamos el día siguiente y comentamos nuestras primeras impresiones del país. La camarera nos cayó simpática por su naturalidad y desparpajo; extrovertida y curiosa, habló un rato con nosotros para luego seguir faenando entre las mesas vacías de comensales.

Organizada la siguiente jornada, volvimos a la Guest House: nos esperaba un interesante país por delante y había que descansar.

Diario ilustrado de Israel

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